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21 may 2014

Christenberry, el paso del tiempo en color

En estos días podemos disfrutar en Xixón de una estupenda exposición de Wiiliam Christenberry (1), uno de los pioneros norteamericanos de la fotografía en color. La exposición, fruto de la colaboración del ayuntamiento con la Fundación Mapfre y que ya ha pasado por Madrid y Granada, ofrece una amplísima muestra de la obra del autor: más de trescientas fotografías, en su mayoría copias cromogénicas, incluyendo algunas dye-transfer.

Objetos de la colección personal de Christenberry

Christenberry es, sin duda, un autor peculiar. Para entender su obra hay que tener en cuenta algunas claves. En primer lugar, es un pintor con una sólida formación artística, aplicado en sus inicios al expresionismo abstracto. En segundo lugar, Christenberry es un hombre de Alabama, del profundo sur de EE.UU., y alrededor del sur gira casi toda su producción.



Elizabeth Tingle, 1962
Sus primeras fotografías, tomadas con una Kodak Brownie (cámara de pequeño formato que fue un hito en la popularización de la fotografía en EE.UU.), son fundamentalmente un apoyo para su obra pictórica. En esos primeros momentos, el artista Christenberry no presta especial atención a la fotografía. Sin embargo, en 1961 se produce un cambio radical: Christenberry lee un ejemplar de Let Us Now Praise Famous Men, la obra monumental de Walker Evans y James Agee, y en las fotografías del primero encuentra lugares y personajes conocidos de su infancia. Esa nueva actitud hacia la fotografía le lleva a captar con  su cámara (en blanco y negro), casi treinta años después, esas personas y sitios de su infancia que habían pasado a la historia en las imágenes de Evans.

Así, Christenberry había dado un vuelco a su universo artístico girando hacia su tierra natal, que ya nunca dejaría de ser el tema recurrente de sus fotografías. No es difícil ver en su obra ecos de William Faulkner, porque su Hale County natal acaba convirtiéndose, más allá de un referente real, en un constructo similar al Yoknapatawpha del escritor sureño.


Iglesia de Sprott, 1971
La obra de Christenberry también nos recuerda al París de Eugène Atget, con quien coincide en retratar un mundo en vías de desaparición, y en hacerlo con un estilo que pretende precisamente ser un “no-estilo”, neutral, impersonal (encuadres frontales, focales estándar). Sus series de casas rurales podían hacernos pensar también en las tipologías de Bernd y Hilla Becher (y otros seguidores de la Escuela de Düsseldorf), aunque Christenberry carece del carácter metódico de los alemanes e incide en el paso del tiempo.




Casa cerca de Marion, 1964
Sin duda, son la decadencia y el efecto del tiempo en los objetos (ya sean edificios o anuncios) los temas centrales de Christenberry, lo que él mismo dio en llamar “the aesthetics of aging”. Su recurrencia en fotografiar a lo largo del tiempo un mismo edificio, mostrando cómo la edad va haciendo mella en él, lo lleva finalmente, cuando ya no existe, a captar su ausencia, símbolo máximo de ese mundo del sur profundo que se escapa.



También es Christenberry un fotógrafo singular desde el punto de vista formal. Despreocupado en sus inicos por la técnica fotográfica (cámara de aficionado, revelado comercial, reproducciones de tamaño pequeño), sabe sacar partido tanto del color saturado y brillante de las películas de la época como de la falta de definición de la Brownie para lograr un estilo cercano al mundo de los sueños (no olvidemos que, en esos años, la realidad era en blanco y negro) y erigirse como uno de los pioneros del color en la fotografía artística.A finales de los años 70 del pasado siglo, animado por Lee Friedlander (uno de los grandes fotógrafos con quien mantuvo amistad, además de Evans y Eggleston), se pasa al gran formato (8x10 pulgadas) para sacar el máximo detalle en sus fotografías.

Cartel cerca de Greensboro, 1978


La exposición alojada en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Xixón es, sin duda, muy recomendable. Quien la visite disfrutará de una fiesta del color (y también de la fotografía popular), además de un verdadero elogio al formato pequeño.

Sala del CCAI

(1) La exposición  William Christenberry puede verse en el CCAI de Xixón hasta el 8 de junio de 2014.

Galería de fotos de W. Christenberry


18 mar 2014

Gervasio Sánchez, el fotógrafo de la dignidad

Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959) ha recorrido prácticamente todos los conflictos habidos en los últimos treinta años en el mundo, desde Camboya a Liberia, desde El Salvador a los Balcanes. Pero Gervasio no es simplemente un fotógrafo de guerra: se empeña en mostrarnos el día después de la barbarie, cuando la víctimas ya no ocupan las portadas de los medios de comunicación, pero aún siguen arrastrando esa condición. Porque las víctimas los son para toda la vida y, naturalmente, tienen nombre, apellidos y familia. Sin duda, víctimas y dignidad son los dos conceptos claves en su obra.

El pasado jueves 13 de marzo se inauguró en el Centro Niemeyer de Avilés (Asturies) la exposición Antología. Gervasio Sánchez (1), una retrospectiva sobre el autor que muestra una amplia selección de su obra, agrupada en cinco bloques temáticos: América Latina, Balcanes, África, Vidas Minadas y Desaparecidos. Paralelamente, impartió un taller (Los ojos de la guerra) al que tuve el placer de asistir, en el que desgranó su trayectoria profesional y su manera de ver los conflictos y de reflejarlos fotográficamente.

Personalmente, hay dos aspectos que me gustan especialmente en la obra de Gervasio Sánchez. Por un lado, y desde un punto de vista más puramente fotográfico, creo que las imágenes en blanco y negro de Bosnia y Kosovo son excepcionales. Él mismo confesaba en el taller el cambio que para él supuso una crítica solicitada a Gilles Peress, fotoperiodista francés de la agencia Magnum, y que se tradujo en el abandono del color y en una visión más personal del conflicto.

Avenida de los francotiradores, Sarajevo. 1993

  
Lejos de buscar el lado más truculento de la guerra, las fotos de esta nueva etapa encierran, sin embargo, una fuerza tremenda, la que emana de las miradas de las víctimas (como la chica que encabeza una hilera de kosovares emprendiendo el camino del exilio en Albania), de los pequeños detalles de la vida en el infierno de un cerco (las dificultades de cruzar un puente destrozado, el juego de unos niños sobre los restos de coches calcinados).

Ciudadanos kosovares abandonado el país hacia Albania.
Niños jugando en la calle. Sarajevo 1993.


Por otro lado, quiero destacar los proyectos Vidas Minadas y Desaparecidos. En el taller que el autor impartió estos días en Avilés (y que pude disfrutar), reconocía que es este último el proyecto con el que se siente más identificado y que cree que refleja mejor su forma de trabajar. Ambos comparten características: tanto uno como otro son proyectos a largo plazo, que llevan al fotógrafo a regresar una y otra vez a los mismos escenarios para seguir los pasos de las víctimas, que ahora aparecen con nombre y apellidos y recobran la humanidad que sus verdugos intentaron arrebatarles. Así, tras ver Vidas Minadas resulta imposible no empatizar (y avergonzarse del mundo en que vivimos) con la mozambiqueña Sofia Alface, o con el bosnio Adis Smajic.

Sofia Alface. Mozambique

En Desaparecidos, Gervasio vuelve a golpear directamente la conciencia del espectador en un proyecto difícil de plasmar en la fotografía, por lo cual el fotoperiodista recurrió también al vídeo. Una vez más, los testimonios de un padre kurdo iraquí, cuyos diez hijos desaparecieron en los ataques de Saddam Hussein y Alí “el Químico” y apenas es capaz de recordar los nombres de todos, o de una abuela chilena que espera poder encontrar a su marido e hijos antes de morir encogen el alma.

Desaparecidos. Anita Rojas, Chile.


La fotografía de Gervasio Sánchez tiene el enorme mérito de, además de contarnos una historia, devolver la dignidad a quienes un día se vieron despojados de ella, en el mismo momento en el que les arrebataron un miembro o a sus familiares. Y, en ese proceso de dignificación, nos sitúa como espectadores ante un espejo que nos devuelve una visión incómoda de nuestro mundo suspuestamente civilizado, esperando una respuesta por nuestra parte. Una respuesta que implica necesariamente la empatía con las víctimas y el rechazo a quienes causaron ese dolor. Por dignidad.

(1) La exposición Antología. Gervasio Sánchez permanecerá abierta en el Centro Niemeyer hasta el 15 de junio de 2014.

Fotografías:© Gervasio Sánchez

Galería de fotos de Gervasio Sánchez


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20 jun 2013

René-Jacques, una joya desconocida


©René-Jacques

Hace unos días, releyendo el libro How to Read a Photograph, de Ian Jeffrey, me fijé en una foto que, pese a los numerosos elementos que aparecen en el encuadre, que podrían sugerir una imagen caótica, me pareció excelentemente compuesta. En un aparente desorden, todo resultaba estar colocado en el lugar preciso. La foto era esta:





Como no sabía nada del autor, René-Jacques, me puse a buscar información sobre él. La verdad es que no abunda, pero indagando descubrí a un fotógrafo genial, a mi parecer.

René Giton (su verdadero nombre), francés,  nació en 1908 en Phnom Penh (Camboya) y murió en Francia en 2003. Fue fotógrafo profesional de renombre y éxito, abarcó numerosos campos, desde fotografía de calle a fotografía de catálogos, pasando por paisajes. Además, fue un luchador por los derechos de los fotógrafos, desde sindicatos y asociaciones. Perteneció al activo Groupe des XV (junto a Willy Ronis y Robert Doisneau, entre otros), creado por André Garban para promover la fotografía y preservar el patrimonio fotográfico francés.

En su fotografía se puede apreciar una gran calidad compositiva, cuidando mucho el encuadre y la disposición de los elementos en él, con lo que logra un resultado tremendamente estético.


©René-Jacques


©René-Jacques

También tiene magníficos ejemplos de fotos a lo Cartier-Bresson, captando instantes decisivos:

©René-Jacques


En otras ocasiones opta por fotografías más "conceptuales" en las que las formas y las sombras toman protagonismo.

©René-Jacques

René-Jacques es conocido especialmente por sus fotos de París, como la de las escaleras de Montmatre, y por sus paisajes franceses, fruto de años de trabajo documental tras la II Guerra Mundial.
©René-Jacques


©René-Jacques



Para mí ha sido un descubrimiento; espero que vosotros también lo disfrutéis y, como siempre, os invito a que sigáis gozando con este gran fotógrafo indagando más sobre su obra.



17 may 2013

Virxilio Viéitez


Esperanza de Covas. Soutelo de Montes, 1960-1961 © Virxilio Vieitez, Vegap, 2013
Esperanza de Covas. Soutelo de Montes, 1960-1961
Salí de la exposición de la obra de Virxilio Viéitez (Fundación Telefónica, Madrid, febrero a mayo de 2013) reconciliado con la fotografía y con el mundo. La muestra de honradez y autenticidad que supone la fotografía del gallego, junto a su indiscutible calidad, lo elevan a la categoría de maestro, en mi modesta opinión. Lo mismo pensó de él en su día Cartier Bresson, que eligió una fotografía suya para su libro de obras favoritas.

Fermín, Avelino, Bautista y Pepiño, Soutelo de Montes, 1957

La obra de Viéitez es, por encima de todo, la obra de un fotógrafo de pueblo que tiene que ganarse el pan. No hay en él una intención artística, ni un trasfondo intelectual. Sin embargo, no es difícil encontrar ecos de Hombres del s. XX, de August Sanders, a pesar de las diferencias notables entre el alemán (una vasta colección con el objetivo casi científico de recopilar un catálogo de tipos de la República de Weimar) y Viétez (un muestrario fruto del trabajo diario en una comarca rural gallega). Y tampoco es difícil encontrar entre la suyas obras maestras que trascienden el trabajo del retratista de bodas, bautizos y comuniones.

Mané del Sastre, Soutelo de Montes, 1968
Sus fotografías son geniales, pero dan la (falsa) sensación de que podría hacerlas cualquiera, porque no se necesita técnicamente nada que no esté a disposición de cualquier fotógrafo. Su obra es extraordinariamente fotográfica, y lo es por dos razones: la primera, porque usa la fotografía para aquello para lo que está especialmente dotada, para mostrarnos el mundo tal cual, sin pretensiones artísticas. La segunda, porque Viéitez es, por encima de todo, una mirada: nos presta sus ojos para asomarnos a su mundo que, tras gozar de sus fotos, es también el nuestro (como lo son el Macondo de García Márquez o el Yoknapatawpha de Faulkner).

Pilar, Maribel y Lola San Martiño de Figueroa, 1960
Sin duda, el nombre de Virxilio Viéitez, sin que él lo hubiera imaginado, ocupa un lugar destacado en la historia de la fotografía en España en el s. XX. Asomarse a su obra es gozar con unas fotografías llenas de vida genuina, realizadas muy lejos de los centros de ebullición cultural y al margen de corrientes, modas o tendencias. Simplemente, pura fotografía de la buena.

Sin título, 1965

Dorotea del Cará. Soutelo de Montes, 1960-1961
Fotografías:© Virxilio Vieitez, Vegap, 2013
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